jueves, abril 19, 2018

La película Exodus: quizá no sea posible hacerlo peor



Ayer por la noche acabé de ver por segunda vez la película Exodus. La primera vez que la vi me pareció una nulidad de película. Pero ahora que la veo por segunda vez, me pregunto cómo pude olvidarme de que era tan mala.

Esta película es la historia de un guion que no se sabe adónde va. En serio, el guion va dando tumbos, chocándose contra las paredes. La versión de De Mille transmitía una cosa durante todo su metraje: emoción. Y la transmitía de un modo puro y auténtico. Todos, hasta los comunistas, quedaron encantados. Hasta los ateos, en la oscuridad de la sala, se quedaron con la boca abierta.

Sea dicho de paso, la versión de De Mille estuvo muy bien asesorada en lo histórico. Eso se ve en muchos pequeños detalles que no es el momento de destacar. La versión de Ridley Scott contiene más errores históricos que periodistas muertos la democracia de Putin.

Para sacarme el mal sabor de boca, tuve que ver unas cuantas escenas de Los diez Mandamientos. Basta ver a Charlon Heston extendiendo el cayado a lo alto y gritando ¡Contemplad el poder del Señor!, para darse cuenta de que esa escena vale más que toda la película de Scott.

By the way, he encontrado, tras escribir este post, la crítica original de esta infeliz película. En fin, para el que lo desee, aquí está el link:

miércoles, abril 18, 2018

La iglesia ortodoxa de Moscú: hace frío y Putin, mucho Putin



Ayer, tras la cena, jugué al ajedrez de un nuevo modo que he descubierto: jugar siempre con gente que sabe mucho menos que tú. Es un modo relajado de hacer estrategias. Estás más tranquilo, puedes disfrutar de la música o de la llamada de teléfono en la que estás.

Después vi un documental acerca de las relaciones de Putin con la Iglesia Ortodoxa. No me han descubierto nada nuevo que no sepan todos los rusos. Hasta los monaguillos moscovitas de menos de diez años intuyen lo que hay en esos besos al patriarca de todas y cada una de las Rusias. El lenguaje visual que refleja Putin en todos sus gestos lo deja clarísimo, en esos besos de El Padrino al patriarca hay de todo menos amor y respeto.

Que conste que no critico lo más mínimo al patriarca. Dada la especial relación de Rusia con la libertad, quizá lo mejor sea darle dos besos. Hoy día el esquema de Derecho Constitucional en la cabeza de Putin es una mezcla berlusconiana de Casino y Uno de los nuestros. Por otra parte, el patriarca bien sabe que su margen de libertad es menor (y no lo digo en broma) que el del sanedrín con Herodes Antipas.

martes, abril 17, 2018

El Tapiz de Bayeux se salvó del progresismo por los pelos



Hoy he leído que el Tapiz de Bayeux (que relata la conquista de Inglaterra por los normandos en 70 metros maravillosos y únicos) fue usado para cubrir el cargamento de un carro. Se salvó porque uno, conocedor de su valor, les convenció para usar otra tela más fuerte. Y así logró esconder esa obra de arte. Eso fue en 1792. Dos años más tarde, se consideró ese tapiz un vestigio del Antiguo Régimen. Querían cortarlo para usarlo faldones en la carroza que llevaría a la diosa Razón. Un diputado lo salvó. La razón de este post es el vídeo que os pongo al final.

En el friso superior aparecen animales de las fábulas de Fedro. Esos animales eran un arranque para contar cada fábula. Me imagino a un aldeano preguntando a su hijo: “¿Qué significa la perra parturienta?”.

En ese tapiz hay animales fantásticos, un cometa, iglesias y palacios y alguna escena erótica. Acaba con una colección de horrores de la guerra. Solo aparecen tres mujeres en todo el tapiz.

Por la Razón iban a destruir el tapiz. Algo que si se mira con detenimiento resulta completamente lógico. A saber qué cosas se destruirán en esta generación por la razón, la igualdad y la democracia. No hemos aprendido nada. Por el progresismo serán capaces de emplumar a la gente en alquitrán y cubrirlos con plumas. Los progresistas siempre han sido muy dados al uso de la dinamita. Esta afición neroniana de las izquierdas por el fuego se les tiene que perdonar porque siempre es por una buena causa.

Os pongo un vídeo que es lo mejor que he visto para conocer el tapiz: el tapiz animado. ¡Qué idea tan buena! El que ha dirigido la animación, David Newton, ha llevado a cabo un trabajo magistral de una impecable fidelidad histórica.

lunes, abril 16, 2018

Venerable ancianidad



Hoy he aprendido algo nuevo: no intentéis quemar los santos óleos en el incensario. Mañana voy a ir a por los nuevos óleos a la catedral. Se me ocurrió que podría ser una buena idea quemarlos con incienso durante la misa. Y todo ha ido bien, hasta que la nube que ha formado un poco de algodón con aceite ha sido impresionante. La sacristía se ha llenado con una nube densa que me ha parecido increíble para tan poco algodón y tan poco aceite. Con esa nube hubiéramos podido gasear a medio regimiento británico o alemán sin dificultad.

Por favor, si alguno tenéis alguna sugerencia más para la ceremonia de toma de posesión de obispos, decídmela en los comentarios de hoy. Porque tengo la sensación de que algún día al menos en parte se llevará a cabo. Es una intuición, pero, desde luego, el ceremonial tan simple de ahora no podrá subsistir. O, mejor dicho, subsistirá como una opción.

Estos días estoy poniendo mucho cardenal, porque los cardenales visten mucho mi blog. Es como poner flores o tapices o algo así muy noble. Pero se me va acabando el material. Una curiosidad, nunca me han gustado las birretas. Su forma… nunca me ha gustado. El galero es otra cosa. El solideo siempre tengo la sensación de que se va a caer, aunque tal vez sea una sensación. Y las puntillas alguien debería prohibirlas, por lo menos temporalmente. 

Otra cosa que requeriría un canon en el Código de Derecho Canónico es la calefacción en las iglesias. Siempre hay alguien que la sube al máximo posible, al nivel sauna.

domingo, abril 15, 2018

Añadiduras al post de ayer



Como ya habréis visto en los comentarios de ayer, he estado atento a las sugerencias de los lectores. "Marta y María" hizo una sugerencia totalmente acertada: incluir más a los laicos en la ceremonia.
A lo de ayer, añadiría que en una situación de emergencia, es decir, en caso de que algo imprevisto que impidiera realizar la ceremonia, lo mejor es que todos consensuadamente decidan qué hacer: si realizarla otro día, en otro lugar o simplificarla.
Ahora bien, imaginemos la peor de las situaciones: el estallido de una guerra que interrumpe las comunicaciones e impide los desplazamientos ya desde varios días antes. Dado que el nombramiento ya ha tenido lugar (desde que se firmó el documento pontificio) y que esta ceremonia reviste un carácter de proclamación formal, será el mismo obispo-electo el que decida dónde, cuándo y cómo tendrá lugar la ceremonia. El cual podrá optar, incluso, por la más simplificada y abreviada de las ceremonias de toma de posesión. Si no fuera posible la presencia de otros obispos, bastará que tome posesión ante una representación de los clérigos de la diócesis. Claro que esto sería en una situación bastante extrema. Situaciones que se dan de tanto en tanto en la historia de la Iglesia: siempre hay persecuciones y guerras. Antes o después, la toma de posesión de un obispo puede caer en medio de un huracán de este tipo.
Si hay un atentado terrorista, lo mejor es que los obispos presentes decidan consensuadamente qué se hace: posponer, cambiar la ubicación, reducir el número de personas presentes de acuerdo al lugar, simplificar el acto.
Dígase lo mismo en caso de que estallara una persecución religiosa. Lo mejor es actuar con consenso entre los obispos, nuncio y cardenales. Pero precisamente porque en una situación extrema (de desastre nacional o de persecución) es cuando más necesaria se hace la presencia de una cabeza que coordine al rebaño y tome decisiones, es por eso que si el día determinado para la toma de posesión (o posteriormente) el obispo-electo llegara a la diócesis podrá él mismo determinar cómo será el acto de toma de posesión.
Pensando en durísimas circunstancias de abrupto estallido de persecución religiosa, bastará que unos cuantos clérigos de la diócesis (en representación de todos) le reciban oficialmente como el verdadero, legítimo e indisputado obispo de la diócesis.
Este acto de toma de posesión no es solamente una ceremonia bella, tampoco es un rito en el que meramente se ora y se adora a Dios, sino que también tiene un aspecto de acto formal de aceptación indisputada acerca de quien ostenta la autoridad en un rebaño. Su carácter público, la presencia de otros obispos, la aceptación del clero, todo ello acaba con cualquier tipo de perplejidad y duda en algo tan importante como la legitimidad del pastor. Por eso es un acto público, colegial, bello, en el que se ora y que está sujeto a ciertas formalidades.
En casos extremos de necesidad, la determinación de las formalidades será tomada por el obispo-electo únicamente si no hay ninguna duda acerca de la legitimidad de esa persona para tomar posesión. De lo contrario, se deberá esperar a una determinación de la Santa Sede.

Ceremonia de toma de posesión de los obispos: sugerencia de reforma



La Iglesia posee un patrimonio no solo litúrgico, sino también de protocolos y ceremonias que resulta verdaderamente fascinante. Por eso me ha llamado la atención siempre que la toma de posesión de su sede por parte de un obispo-electo se limitase a poco más que a una misa en la que se lee la bula de nombramiento y en la que se sienta en la cátedra. Por eso quiero sugerir a las autoridades pertinentes el siguiente esquema para un momento eclesial tan importante.
La primera cuestión por la que hay que optar es si esa toma de posesión tiene lugar en una eucaristía o fuera de ella. Hay importantes y buenas razones para ambas opciones. Yo me decantaría porque un ceremonial más extenso tuviera lugar fuera de la misa. Por tres razones:

1.     Para darle mayor entidad en sí misma a esta ceremonia. Si la separamos de la misa, sustantivizamos esta ceremonia de toma de posesión. Si la unimos, la eclipsamos.

2.     Si esta ceremonia experimenta un desarrollo, unida a la misa hará mucho más larga la celebración.

3.     Para que cuando se celebre la eucaristía todo esté más centrado en la adoración a Dios.
No digo que una ceremonia de toma de posesión no sea un modo indirecto de adorar a Dios: lo es, sin ninguna duda. Ahora bien, la separación de ambos rituales dejará más claro la centralidad de la adoración a Dios en la misa. Solo afirmo eso: que es un modo de dejarlo más patente. Pero quede claro que esta ceremonia, aunque insista y remarque el aspecto eclesial, supone una forma de adoración al Señor. Porque oramos y alabamos a Dios en la realización de ese hecho de carácter eclesiástico.

Los pasos de la ceremonia serían los siguientes:
Procesión litúrgica: Desde una iglesia, partirá la procesión litúrgica de los obispos y el clero. Esa iglesia ejercerá la función de una gran sacristía.
Si hubiera muchísimos participantes, el clero de la diócesis esperará en su propia catedral. Y el clero venido de fuera participará en la procesión.
La procesión será presidida por el arzobispo de la provincia eclesiástica. No voy a desgranar las razones por las que considero que no conviene que sea el nuncio el que presida la celebración, ni tampoco por qué es mejor que no sea un cardenal si no pertenece a esa provincia eclesiástica. El orden de la procesión será el siguiente:
La cruz procesional con ciriales.
Unos pocos acólitos.
Diáconos.
        Primero los revestidos con alba y estola.
            Después los revestidos con dalmáticas.
Presbíteros
Primero los sacerdotes con sotana, roquete y estola
Después los sacerdotes con alba y estola. La mitad pueden ir vestidos de un modo y la otra mitad del otro. La razón no es otra que el que la variedad de vestiduras hace más bella la ceremonia.
Los religiosos con sus hábitos pueden ir situados entre ambos grupos, por una cuestión meramente estética. Si hubiere monseñores, irán revestidos con hábito coral violáceo tras los sacerdotes con alba.
Obispos
La mitad de los obispos pueden ir revestidos de modo coral
La otra mitad con capa pluvial y mitra. Las mitras deben ser mitras simples. Pero las capas serán traídas por cada prelado, para que así cada uno traiga la más bella; lo cuál hará más impresionante la procesión.
Final de la procesión
Primero, los cardenales, si los hubiere, irán revestidos con hábito coral. Y mejor con cogulla roja y galero con borlas.
Después los obispos sufragáneos de la provincia, revestidos con capa pluvial y mitra. Convendrá que los sufragáneos lleven el mismo tipo de capa por simple que sea ésta.
La presidencia recaerá en el arzobispo de la provincia, que portará el báculo.
La presidencia absoluta de la ceremonia, mientras no tome posesión de su cátedra el obispo-electo, recaerá en el arzobispo. Si el obispo-electo va a ser el arzobispo, la presidencia recaerá en el arzobispo emérito. Así se reforzará la idea de continuidad: lo que recibí en su día ahora te lo entrego. Si no fuera posible que él presidiera, recaerá este puesto en el eclesiástico de más dignidad de todos los presentes; a igual dignidad el de más edad si está en condiciones físicas adecuadas para presidir la ceremonia.
        El cabildo no irá en la procesión, sino que esperará en la catedral, junto con el clero. La procesión entrará en la catedral.

Espera del clero
El clero ocupará sus lugares. Sólo el arzobispo y los obispos sufragáneos besarán el altar al subir al presbiterio. Se colocarán unos asientos delante del altar que el arzobispo y los obispos sufragáneos. El arzobispo presidirá en el centro.
El resto de obispos con mitra se sentarán en torno al altar. Los demás revestidos de modo coral serán situados en sus lugares, dejando despejado el presbiterio.
Todos se dirigirán a sus sitios y se sentarán, en medio de los cantos, pero no se hará oración alguna. La espera no debería ir más allá de diez minutos o cuarto de hora. Se puede esperar en silencio, o un lector puede leer un libro de la Biblia mientras tanto. En la escucha de la Palabra de Dios se espera al pastor elegido para esa diócesis.

Traslado del obispo-electo
        El obispo-electo saldrá del palacio episcopal, donde presumiblemente habrá dormido esa noche. Irá revestido de modo coral (color violáceo), como el resto de clérigos que le acompañen. Él elegirá a los que le acompañen, obispos y sacerdotes o diáconos. En total, una veintena de personas. Podrían ir familiares o amigos. Pero fácilmente se sentirán tensos de ser centro de atención y se sentirán más cómodos esperando ya en sus sitios en la catedral. Al grupo, le precederá una cruz procesional seguida de unos siete acólitos con alba. El grupo de clérigos no irá en dos filas, sino en grupo. En realidad, no hay dos procesiones. Solo una. Ésta será un mero traslado.
        Si va a haber dos cardenales en esta ceremonia, no esperarán en el templo la llegada del obispo-electo, sino que lo flanquearán en este trayecto, revestidos con cogulla roja y galero. Por razón de la simetría, la simetría es estética, si solo asiste un cardenal a la ceremonia, le esperará dentro de la catedral. Y si hay tres, solo dos le acompañarán en este desplazamiento.
Si en el grupo de los que le acompañan no hay cardenales, sino dos obispos, se colocarán a los dos lados del obispo-electo, revestidos con la sotana filetata, no con sotana violácea, para que así resalte con claridad quién es el obispo-electo.

Llamada a la puerta
        Al llegar a la puerta de la catedral, un acólito le dará un martillo ceremonial al obispo-electo y este golpeará tres veces el portón. Un canónigo abrirá una puerta pequeña del portón y saldrá el cabildo en silencio. Un sacerdote, sin decir nada, entregará la bula de nombramiento al deán. Este la examinará brevemente, se volverá y extendida la mostrará al cabildo. La entregará a otro para que el resto de canónigos puedan mirarla. El deán dará la orden de que se abran las puertas. Después el cabildo le besará el anillo. Acto seguido le dará el crucifijo para que lo bese y el hisopo con agua bendita. La bula será devuelta al sacerdote que la entregó.
        El cabildo acompañará al obispo-electo a la capilla del Santísimo Sacramento. El orden será el siguiente:
            La cruz y los acólitos.
            Cabildo
Grupo de clérigos que le acompañan. Avanzan en grupo, rodeando al obispo-electo, no avanzan en hileras

Oración en las tres capillas
El obispo-electo hará un rato de oración ante el sagrario. Más o menos, unos cinco minutos. Después irá a otra capilla a orar un momento breve ante una imagen de la Virgen María. Por último, se trasladará a otra capilla a orar ante la imagen del patrono de la diócesis.
Mientras el obispo reza en la tercera capilla, el deán dará la señal para que los canónigos se dirijan a sus sitios en la catedral
Después, el grupo de clérigos, sin los canónigos, sin acólitos ni cruz procesional, se encaminará hacia el presbiterio de la catedral.

Al llegar al presbiterio
El obispo, al llegar a las gradas del presbiterio, sin subir, hará en silencio una inclinación de cabeza y recibirá ese mismo saludo del arzobispo y sus sufragáneos. El pueblo y los obispos se han puesto en pie para recibirle en cuanto él ha entrado en la via sacra de la nave central. El obispo-electo no hará inclinación profunda al altar, porque delante estarán los obispos. El presbítero que entregó la bula al deán, ahora subirá las gradas y la llevará la bula al arzobispo. Este la mirará, después la mostrará extendida a derecha e izquierda. Entonces estos obispos bajarán del presbiterio y darán un abrazo al obispo-electo. El resto de obispos seguirá en sus lugares.
Durante los siguientes pasos de la ceremonia, la bula será pasada, de mano en mano, a todos ellos para que la miren. Una vez que la vean los obispos, de mano en mano, pasará al clero de la diócesis. Y después al pueblo fiel. Un acólito la acompañará para recogerla y devolverla al obispo. No importa que se manche o rompa, porque es una copia. Pasará de mano en mano hasta el final de la ceremonia, momento en que la recogerá.
En cuanto el arzobispo mostró la bula bajó con los sufragáneos a abrazar al obispo-electo y juntos subieron al presbiterio. El obispo-electo lo primero que hará al subir al presbiterio será besar el altar. No saludará al resto del clero en ese momento.

Vestición
El obispo-electo irá a un flanco del altar. Allí varios acólitos le entregarán los paramentos sagrados para que se vaya revistiendo. Dos acólitos, a unos tres metros de distancia, delante de un gran libro sostenido por un tercer acólito, leerán por turno en voz alta una oración en latín según se le entregue cada vestidura.

Traslado a la cátedra
Después, el arzobispo (sin báculo) con un gesto de la mano le indica que le acompañe a la cátedra. No hacen inclinación de cabeza al pasar delante del altar. Al llegar, le hace un nuevo gesto con la mano, invitándole a que se siente en su sede.
Tras sentarse, el obispo se saca el anillo que lleva puesto y el arzobispo le coloca el anillo oficial de la diócesis. Aunque se use ese anillo para la ceremonia, en adelante no tendrá obligación de llevar ese anillo, podrá llevar el que quiera. Si lo desea, podrá dejarse puesto el anillo que llevaba y, durante la ceremonia portar los dos. Incluso, si ha estado como obispo residencial en dos diócesis antes, podrá llevar los dos anillos y el tercero. Como símbolo de los tres rebaños que ha apacentado. Pero solo durante esta ceremonia. Posteriormente solo portará un anillo.
Tras esto, el acólito llevará el báculo oficial de la diócesis al arzobispo y este le hará entrega de él.
Antes, mientras le ponía el anillo el arzobispo, un obispo sufragáneo, situado a su derecha, ha leído una oración en latín. Ahora, mientras le entrega el báculo, otro obispo situado a su izquierda, lee otra oración latina. No se le hará entrega ni de la mitra ni de la cruz pectoral, porque en esta ceremonia esas insignias serán vistas como símbolos de su carácter episcopal ya presente en él desde su ordenación. Mientras que el anillo tiene el sentido del carácter esponsal con esta iglesia, y el báculo es símbolo del pastoreo de esa grey. En el caso de que existiese una mitra histórica especialmente rica en la catedral, se la pondrá el mismo al lado del altar; no se le entregará en la sede.
Desde el momento en que se sienta en la cátedra y recibe el anillo y el báculo se considera que ya ha tomado posesión de su diócesis. Y, desde ese momento, pasa él a ser el que preside la ceremonia.

Incensación y representaciones
Lo primero que hace el obispo ya enteramente revestido y con todas sus insignias es incensar el altar. Se dirige allí con el báculo en la mano y lo entrega a un acólito para poner el incienso. Después vuelve a tomar el báculo y se dirige de nuevo a la sede para recibir el saludo de una representación de la diócesis. Puede mantener o no el báculo en la mano, como prefiera. Pero será más cómodo para él si lo entrega a un acólito antes de sentarse. Desde que se dirige a al altar hasta que acaba de recibir las representaciones, el coro canta.

Te Deum, alocución y oración final
Tras eso, se cantará el Te Deum. Después, desde la cátedra, dirige unas palabras a los presentes. Acabada su alocución, el obispo se pone en pie y allí hace la oración final de petición de ayuda a Dios para su ministerio y de agradecimiento por él.

Hora sexta
Tras la bendición, acto seguido se dirigen al coro para el rezo de la hora sexta o la que convenga según el momento del día que sea. Lo normal será que la ceremonia de toma posesión comience a las 11:00, para así, a las 12:00 poder empezar el rezo de la hora sexta. La ceremonia de toma de posesión, en principio, no durará más de una hora. No hay liturgia de la Palabra en esta ceremonia, porque la hora sexta hará esa función.
        Primero tendrá lugar la ceremonia de toma de posesión, de forma que la hora sexta la pueda presidir ya el obispo. El clero sentado en el coro de los canónigos dejará sus lugares a los obispos. Los escaños del coro quedarán ocupados por los obispos y los canónigos. Si sobran asientos, se sentarán sacerdotes de la diócesis.
        Aunque el obispo de la diócesis y los obispos se trasladen al coro de la catedral, todos los presentes en el templo participarán de esta liturgia a través de los altavoces, estén situados donde estén. Para ayudar a que la catedral pueda desocuparse con mayor facilidad, será mejor que el clero salga en procesión, tal como entró. Al final de una hora menor, no se da la bendición.

Los tres días del inicio del pontificado
La ceremonia de toma de posesión es una, pero el protocolo para el inicio del pontificado de un obispo durará tres días:
El primer día tiene lugar la ceremonia de toma de posesión y el rezo de la hora sexta.
El segundo día tendrá lugar la primera misa pontifical en la catedral. Mejor por la tarde.
El tercer día, el obispo rezará solemnemente las completas en el coro de la catedral. Las completas completan el ciclo ceremonial del inicio del pontificado. Incluso en latín tienen ese sentido en su nombre: ad completorium.
Esta última ceremonia de completas es breve, si lo desea, solo si lo así lo quiere, podrá ir precedida de la adoración del Santísimo Sacramento o de cualquier otro acto devocional.
Este ciclo, como se ve, costa de una ceremonia al mediodía, otra por la tarde y una última por la noche.
Ceremonia, misa, liturgia de las horas.
Hay solo una ceremonia de toma de posesión, pero con dos ecos.

viernes, abril 13, 2018

Lutero, Nestorio, Arrio, (si estáis en el cielo) rogad por nosotros


Un comentarista escribía ayer:

Cuando los videntes de Fátima, Taigi y Santa Teresa de Jesús tuvieron esas visiones proféticas, es porque se quiere por parte del cielo dar una advertencia.
Es muy tentador pensar lo contrario y yo me alegraría, pero creo que no es así. Creo que la mayoría no se salva.
No se puede pasar de todo en esta vida, hacer lo que te venga en gana, pasar de las enseñanzas de Jesucristo y luego obtener la misma recompensa que quien se esfuerza. 
Y yo no me considero bueno.

Estimado lector, ¿tu comentario no te suena que tiene una clara resonancia con un personaje de una parábola del Evangelio? ¿Cómo este que ha conculcado tantos preceptos de la ley objetiva, cómo este profanador de Splendor Veritatis va a pasear en el cielo con san Atanasio, san Alfonso María de Ligorio y san Pío X? ¿Es que ya da lo mismo todo?

Incluso algún comentarista podría tener la tentación de exclamar: “Entonces, incumplamos todo, gocemos de la vida y arrepintámonos en el último momento”.

La mentalidad mercenaria cambiaría un sueldo material por un sueldo inmaterial, pero el esquema sigue siendo el mismo, sin atender al corazón del Evangelio que es amor, donación, agradecimiento, afecto que se paga con afecto.

Estimado lector, el Evangelio va más allá de esta visión mercenaria, más allá de una visión de la vida como un do ut des: “Te doy mi obediencia, pero exijo un pago correlativo. Y no aceptaré que el hijo que dejó la casa, al final acabe en un banquete estilo Amoris Laetitia”.

La conclusión que sacas para mantener tu esquema mental es que la mayoría no se salva.

Tranquilo, soy comprensivo contigo.

Yo me siento más cercano al lenguaje teológico de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, que a los documentos del Papa Francisco. Ello debido a mi traslación (no abandono) de mi teología neoescolástica hacia la teología centroeuropea contemporánea.

Dios todo lo hace bien. Y sería un acto de confianza en su Providencia esforzarnos en buscar lo positivo de poner en el solio pontificio al Papa Francisco. Si un tercer papa hubiera seguido tal cual la línea de los dos papas precedentes, hubiéramos agrandado las construcciones magisteriales precedentes, pero más almas se hubieran perdido. 

No digo que todo sea perfecto en el Papa Francisco, porque perfecto solo lo es Dios: no lo eran ni san Juan Pablo II ni Benedicto XVI. Pero sí que era conveniente poner el acento en aspectos que, si se hubiera continuado la línea precedente sin añadir nuevos matices, hubieran quedado demasiado eclipsados. Adición, no contradicción. Matices, no negación.

Nadie piensa que todos los Papas son perfectos ni que cada uno de ellos es la elección de Dios: unos son elección; otros, permisión. Pero sí que haremos muy bien en fijarnos en lo positivo de cada uno. Pues cada uno es un don.

Querido lector, la salvación de Lutero nos da paz a todos. Por lo menos a todos los que somos pecadores. Me imagino que a mis lectores santos e inmaculados les debe, incluso, indignar un poco. Pero les pido un poco de paciencia. Si Dios es bueno con los malos, incluso nosotros, los débiles, tenemos no solo un poco, sino mucha esperanza.

jueves, abril 12, 2018

La salvación de Lutero


Del post de ayer voy a aclarar lo que dije de que pienso que Lutero está en el cielo. No es que crea que la verdad no importa. No es que crea que da lo mismo la Iglesia que cualquier grupo. Sé muy bien que la Palabra de Dios nos habla del impresionante misterio del rechazo eterno, del insondable abismo de un fuego que nunca se extingue. Lo creo y lo sostengo. No solo lo afirmo con mi voluntad, mi mente ha buceado muchos años en esas aguas profundas.

Ahora bien, por muy esplendorosa que sea la verdad, estoy convencido de que son pocos los que morarán en un lugar sin retorno. Y decir que son “pocos” me parece incluso un exceso: son muy pocos.

Nadie entrará en el cielo con un pecado mortal, cierto. Pero confío en la omnipotencia de Dios. El poder del Señor para salvar es… demoledor. Permitidme tal expresión. La fuerza del Todopoderoso demolerá las barreras del alma, echará abajo muros, quebrantará murallas, penetrará en el hierro de los espíritus. Estamos hablando del Todopoderoso.

Lo increíble (si no fuera porque Dios nos lo ha revelado) es que habrá seres humanos y seres angélicos que resistirán semejante fuerza divina, la fuerza del amor de Dios.

Pero sí, abrazo todo el magisterio de la Santa Madre Iglesia. Perdonadme si, al mismo tiempo, estoy convencido de que Lutero paseará con monseñor Lefevbre en el cielo charlando amigablemente. Tengo mis dudas respecto a la salvación de Hitler o a Stalin. Tengo dudas, pero no lo descarto. Sin embargo, que los herejes comprendieran sus errores al morir lo veo muchísimo más fácil, porque considero que existe una gracia última que viene directamente de Dios.

La salvación de Lutero será como la mía: por pura misericordia divina.

La agonía de Lutero



Leí hace veintitrés años el largo relato de la muerte de Lutero en la obra de Villoslada S.J. Hoy la he vuelto a leer. Esta noche me ha impresionado más. Quizá porque fruto de la experiencia puedo pintar con colores más vivos y realistas lo que es una agonía descrita en sus grandes rasgos por varios testigos.

También me ha impresionado lo que tuvo que ser la lucha interior final en la mente del exfraile. Sea uno católico o no, todos estamos de acuerdo en que en los últimos momentos fácilmente pudo pensar que su salvación eterna dependía de la decisión de mantenerse o no en sus ideas.

Externamente dio muestras claras de mantenerse en las doctrinas que había enseñado. ¿Pero qué pasó en el interior cuando ya no respondía? Probablemente, entonces, ya nada, pues estaría muy debilitado. Pero un par de horas antes sí que debió darle vueltas a la cabeza al temor de pasar toda una eternidad en el infierno. Yo no pienso que esté en el infierno, pero debió albergar ese temor, sin duda.

¿Cuáles son los sentimientos del que está convencido de que una eternidad de sufrimientos depende de tomar la decisión teológica correcta? Ese lapso de tiempo sí que es para angustiarse. Cualquiera si no estuviera convencido, se pondría muy nervioso. Lutero sintió el peso de la eternidad sobre su alma, seguro. Solo él fue testigo de su soledad frente a una decisión épica, tumbado en su lecho al borde del abismo de la eternidad. Impresionante.

martes, abril 10, 2018

Debo ser más humilde



El final del día de ayer fue movido “teológicamente”. Hasta ayer podía decir que aceptaba todo el magisterio de la Iglesia sin más. Pero, al leer la exhortación, me encontré con un pasaje que, como ya os dije, chocaba con lo que había sido mi opinión durante años. Además, consideraba que se trataba de una opinión la mía que, equivocada o no, estaba bastante fundada.

El asunto me causó un cierto sinsabor. Dado que no ofrecía razones el texto pontificio, tampoco podía replantearme mis razones frente a otras.

Así que lo que hice fue releer Ad tuendam fidem, donde Juan Pablo II habla del grado de asentimiento al magisterio. Con toda honestidad, me pareció claro que no era la voluntad del Papa cerrar el paso a alguna opinión teológica divergente en un detalle tan accidental respecto al tema de la exhortación. Así que no me sentí obligado en conciencia a doblegar mi entendimiento.

Aun así, hice propósito de llevar a la oración el asunto durante varios días. Justo antes de acostarme me vino a la mente: ¿qué dirá Valtorta? Y la mística daba la razón al Papa.

Me quedé admirado. Os lo digo con sinceridad. A partir de ahora siempre me acordaré de este episodio para entender que, incluso cuando no hablan de manera infalible, el Espíritu Santo está alrededor de los Papas más de lo que pienso. Espero no olvidar nunca la lección.

Lo siguiente que pensé fue borrar el post. Dejar en el nuevo post una mención al antiguo, pero borrarlo. Claro que entonces consideré que la historia de los dos posts era muy instructiva. Por un lado, lo que yo decía en el primer post no era falso: es la voluntad de definir las cosas la que crea la obligación. No parecía que ese fuera el tenor del texto.

Pero, incluso en esos casos, debemos acordarnos que cuando un Papa afirma algo en un texto magisterial, debemos pensar en lo que dice san Juan respecto a Caifás:

He did not say this on his own, but being high priest that year he prophesied that Jesus was about to die for the nation (John 11:51).

Siempre sub Petro, semper cum Petro. Sea quien sea, sea como sea, siempre fieles hijos de la Iglesia amando al Vicario de Cristo.

Hay que doblegar el cuello ante los Papas



Había escrito un post después de la cena acerca de la parte de la exhortación Gaudete et exultate en que me preguntaba si la posición exegética del papa Francisco acerca de cómo traducir el liberanos a malo del padrenuestro era magisterio definitivo. Mi opinión era que el Papa no tenía voluntad de zanjar la cuestión exegética.

Pero después de publicar el post, releyendo esas tres líneas de la exhortación, me quedó la duda. No parecía querer zanjar el asunto, pero su postura era magisterial. Lo releí: estaba claro, en ningún momento quería decir que prohibía la discusión exegética sobre ese punto. Pero, por otro lado, decía “las cosas son así”.

Me puse a hacer cosas por la casa y justo antes de acostarme me vino este pensamiento: “¿Qué dirá Jesús en la obra de Valtorta? ¿Dirá “libranos del mal” o “líbranos del Maligno”?

Lo consulté y claramente dice Maligno. Y en la explicación que les da a los Apóstoles después vuelve a repetir libranos del Maligno.

Así que hago esta corrección ahora mismo antes de acostarme. La enseñanza que saco de todo esto es que el Espíritu Santo está alrededor de los pontífices más de lo que pienso.

Un comentario con respecto a la exhortación Gaudete et exultate.



He rectificado sustancialmente mi opinión. Dejo este post para que se vea lo que yo pensaba. Pero hay que leer el siguiente post titulado "Hay que doblegar el cuello ante los Papas".

En la última exhortación del Papa, Gaudete et exultate, he leído este párrafo:

De hecho, cuando Jesús nos dejó el Padrenuestro quiso que termináramos pidiendo al Padre que nos libere del Malo. La expresión utilizada allí no se refiere al mal en abstracto y su traducción más precisa es «el Malo».

La primera cuestión que se me ha planteado es si yo tenía verdadera obligación en conciencia de rendir mi entendimiento acerca de cuál debe ser la mejor traducción de ese versículo. Tema sobre el que dediqué algún tiempo de reflexión durante mi tesis doctoral.

He releído esta noche la carta apostólica Ad tuendam fidem de Juan Pablo II y, con humildad y dispuesto a rectificar, me parece que no estoy obligado. El canon 598 del Código de Derecho Canónico determina:

§ 2. Asimismo se han de aceptar y retener firmemente todas y cada una de las cosas sobre la doctrina de la fe y las costumbres propuestas de modo definitivo por el magisterio de la Iglesia, a saber, aquellas que son necesarias para custodiar santamente y exponer fielmente el mismo depósito de la fe; se opone por tanto a la doctrina de la Iglesia católica quien rechaza dichas proposiciones que deben retenerse en modo definitivo.


El tenor del texto de la exhortación no indica que se quiera dirimir este asunto de forma definitiva. El tenor parece indicar que es un pensamiento que se expresa colateralmente respecto al asunto que se está tratando.

Los textos pontificios no van zanjando de paso definitivamente cuestiones teológicas. Para zanjarlos hay que querer hacerlo. Es una cosa muy seria obligar a todas las conciencias del orbe cristiano y para todos los siglos. No puede ser que, mientras damos buenos consejos acerca de asuntos espirituales, aprovechamos y definimos para siempre unos cuantos asuntos exegéticos.

Entre otras cosas, porque cuando algo tan trascendental como obligar a las conciencias se ha realizado en el pasado, se han expuesto las razones. Determinar un asunto exegético no es un asunto menor. Qué menos que exponer las razones.

Por todo lo cual, el texto salido de la mano del Romano Pontífice debe ser reflexionado con todo el respeto y la veneración que un sucesor de Pedro merece. Yo pienso hacerlo, llevándolo a la oración varios días. Pero me parece que el tenor no indica que la voluntad del Papa era definir este asunto.

Post Data: El día comenzó muy tranquilo; tranquilo y pacífico. No me imaginé que por la noche, con el alma el vilo, tendría que releer Ad tuendam fidem. Y es que, en cuestiones magisteriales se puede poner a llover en cualquier momento, y la temperatura puede bajar de golpe y tener que ponerme el abrigo.

domingo, abril 08, 2018

Los cardenales siempre son pictóricos



Hoy nos hemos ido de excursión a Pastrana, que está a una hora de Alcalá. Qué pueblo tan bonito. Qué apasionante constelación de colegiatas tiene España. El grupito de cinco amigos que íbamos le hemos invitado al párroco del pueblo que nos ha tocado el histórico órgano del pueblo. Un cura simpático que nos ha contado muchas cosas, incluso de su época de profesor en el seminario.

Por la tarde hemos visitado un poblado visigodo y el castillo de Zorita. Esta fortaleza tiene una interesantísima cripta. Este baluarte, realmente inexpugnable, perteneció a la Orden de Calatrava, una orden militar española.

En el coche hemos ido rezando la liturgia de las horas. Y, al final, hemos dado gracias a Dios por habernos concedido ver otro trocito de su mundo. Acordándonos de las personas que por enfermedad o pobreza no pueden salir de su casa.

In Petro non cum petris



















En pocos días ha habido varias noticias eclesiales sobre las que muchas personas me han preguntado: un encuentro en Roma, declaraciones del cardenal Schonborg, etc. Mi post de ayer ya era una prerespuesta a las cuestiones de hoy. Augusto fue un buen emperador, también Adriano. El primero lo hizo tan bien que supuso el marchitamiento del poco apoyo que quedaba a la democracia. El segundo se empeñó sobre todo en la paz, y además fue un buen administrador.

Las naciones y los imperios se consolidan con el buen sentido, con las decisiones colegiadas, cuando se huye de los apasionamientos y se impone la mayor racionalidad posible. Eso es válido para la Iglesia en su aspecto jerárquico.

¿Qué pienso de las noticias y más noticias eclesiásticas que suelen sacudir como terremotos las webs religiosas? Yo estoy a favor de las decisiones corales, del análisis sereno de todas las posiciones, de la conciliación, de la integración.

Esta postura (la de la integración) suele ser vista por el discurso de algunos como poco amor a la verdad, relativismo y tópicos por el estilo. Una palabra grandiosa que resonó en la Iglesia desde los primeros siglos y que resume todo es “concilio”. No estoy diciendo que hay que convocar un concilio. No. A lo que me refiero es que los problemas intraeclesiales del siglo XXI deben ser abordados desde un espíritu conciliar, no desde una perspectiva de fortaleza asediada que, desde sus almenas, lanza dardos con sus potentes ballestas.

El coro, la belleza de la armonía… Sí, también podemos desear la aparición de una individualidad que realice en el campo del gobierno eclesial lo que santo Tomás de Aquino llevó a cabo en el campo teológico. Pero eso, aunque deseable, no suele ocurrir más que como excepción. Los pocos ejemplos de pontífices que hicieron eso en los siglos pasados no dejan de ser historiográficamente muy polémicos.

Una cosa es segura: las disputas teológicas no las vamos a resolver a pedradas entre nosotros. Hay discusiones provechosas y hay debates que solo son intercambios de agresiones.

Los golpes de puño sobre la mesa son imprescindibles en una película: todo buen guion sobre Papas requiere de ellos. Pero, en el mundo real, es el factor tiempo el que suele decantar las contiendas entre escuelas teológicas. Y muchas veces no se decanta por una postura, sino por la síntesis.

sábado, abril 07, 2018

El tiempo y las decisiones



Ya dije que el sábado santo se me cayeron las gafas y se partieron por la mitad, por el puente. Hay personas que son de impulsos y otros que son más de darles vueltas a las cosas. Yo, claramente, soy de los segundos. En el tema de qué modelo de gafas escoger, al final no veo claro nada y he optado por seguir el consejo que me dio mi oculista: escoger unas monturas baratas y provisionales que tuvieran lentes más pequeños, para recortar los que tenía y reutilizarlos. Así tengo más tiempo para darle más vueltas al asunto.

Eso sí, me gusta mucho pedir consejo a varias personas. Siempre me ha parecido sorprendente cómo hay gente que toma las decisiones sobre la marcha sin meditarlas. Yo soy de los que les gusta esperar. Pero tengo un defecto, a menudo tiendo a pensar que el mero paso del tiempo resolverá las cosas. Cosa que no es así. Tengo la tendencia a considerar el Tiempo como la gran medicina para todo.

Si yo hubiera sido Kennedy en la crisis de los misiles de Cuba, estoy seguro de que, por una mera cuestión de carácter, no hubiera hecho nada. Porque esa es otra de las máximas que más sigo en mi vida: si no lo veo claro, no hago nada.

En general tengo admiración por las personas reflexivas. Por eso no soy muy entusiasta de Reagan o de De Gaulle. Pero sí que me pareció un óptimo emperador George Bush, padre: alguien responsable en quien dejar el Poder en sus manos con total tranquilidad.

Hay quienes lo esperan todo de la genialidad del artista que ha llegado a lo alto. Yo prefiero al convencido de la humildad del Poder. Todo esto lo aplico también al ejercicio del poder eclesiástico. Me gustan los hombres tranquilos.

jueves, abril 05, 2018

La comunión del cónyuge protestante en una iglesia católica


Me han pedido que diga alguna palabra acerca de la petición que la Conferencia Episcopal Alemana ha hecho a Roma para que se pueda permitir la comunión en las iglesias católicas de algunos protestantes. Acerca de este asunto se les ha acusado en las redes sociales a esos obispos de no ser católicos y de otras muchas cosas lamentables. Disiento totalmente. Creo que una reforma canónica en ese sentido no vulnera ningún principio dogmático. Reproduzco aquí mi opinión que aparece en mi libro Ex Scriptorio, Dos Latidos, Benasque 2016, pg. 41-46. Reproduzco a continuación esa parte. Pero antes quiero dejar muy claro que el cardenal del cuadro superior no tiene nada que ver con mis muchos extravíos teológicos. Su función, lamento decirlo, es decorativa:


En el año 2016, un obispo luterano sueco comulgó en la Basílica Vaticana. Los obispos católicos suecos, en los días siguientes, emitieron un comunicado recordando la norma de la Iglesia acerca de este sacramento en relación a los cristianos que no están en comunión con la Iglesia. Antes, el Papa Francisco en una visita en 2015 a una iglesia luterana trató de responder a una mujer luterana casada con un católico cuando le preguntó acerca de si podía comulgar cuando iba a la misa católica. La respuesta papal no fue clara.
        Pero imaginemos una situación que se repite decenas de miles de veces en algunos países como Estados Unidos. Un hombre católico se casa con una mujer luterana. La esposa ha asistido, al cabo de veinte años de matrimonio, a más de ochocientas misas católicas con más de ochocientas predicaciones. Hay casos en que la mujer protestante no siente que deba abandonar la fe de sus padres, la fe en la que creció desde niña. Sin embargo, cree en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. A una mujer de intensa fe religiosa, que vive en gracia de Dios, que anhela recibir el Pan de Vida (del que habla la Biblia en la que ella cree), ¿no se le podría permitir la recepción de ese don divino?
Mi opinión al respecto es que este tema sí que podría ser estudiado por los teólogos en orden a conceder algunas ulteriores permisiones; más allá de las que ya han sido concedidas a los pertenecientes a las iglesias orientales. Cierto que poseemos una tradición acerca de la unión entre la recepción del sacramento de la comunión y la comunión eclesial. Es cierto que la coparticipación del Cuerpo de Cristo, desde el principio, se convirtió en símbolo de la coparticipación de la vida de un mismo cuerpo eclesial. Observemos que no es lo mismo ortodoxia (ortodoxia de la fe católica) que comunión (pertenencia viva a una comunidad eclesial bajo los legítimos pastores). Uno puede ser ortodoxo en la fe y no estar en comunión.
Durante los primeros siglos, las comunidades (que formaban grupos con férrea unidad) negaron la comunión en el Cuerpo de Cristo a los que fueran elementos disgregadores de esa unidad eclesial; era algo lógico y natural. En la época de San Clemente Papa y de san Ireneo de Lyon, hubiera sido impensable una concesión como la que actualmente concede actualmente el Código de Derecho Canónico a los cristianos de iglesias ortodoxas o coptas. “¿Cómo va a recibir alguien el Cuerpo de Cristo, cuya comunión es símbolo de unidad, si no existe esa unidad?”, hubiera protestado un san Cirilo de Jerusalén. “Sería un acto falso, sería expresión de una falsa paz”, hubiera insistido. En esa época, eso era lo que se debía hacer. Haber actuado de otra manera hubiera producido irreversibles distorsiones eclesiológicas en los siglos por venir: en cinco siglos más, hubiéramos tenido veinte versiones del cristianismo coexistiendo.
Es lógico que, durante un largo periodo de la Historia de la Iglesia, tuviera absoluta prioridad proteger esa unidad eclesial con el mismo celo con que se aislaba a un leproso para que la infección no se extendiera en la comunidad. En esa época no había actos ecuménicos ni era conveniente que los hubiera. Pero hoy en día la situación es diferente.
No es que seamos más laxos, es que cualquier persona razonable se da cuenta de que vivimos una situación diferente en relación a nuestros hermanos separados. Hagamos lo que hagamos con nuestras “armas eclesiales” (excomunión, aislamiento de ellos, fuertes condenas verbales, etc) los protestantes van a seguir estando junto a nosotros, a no ser que ocurra un milagro como Pentecostés. Así que es mejor que nos centremos en considerarlos como lo que son: parte de la gran familia cristiana. Por el lado negativo, ya no vamos a conseguir más. Por el lado positivo, al menos, reinará el amor, la ayuda, la comprensión.
Por eso, dado que no estamos hablando del protestantismo como de una realidad transitoria, dado que tratamos de tender la mayor cantidad de puentes posibles, desde luego no veo ninguna imposibilidad dogmática para que un protestante que crea en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y que, al mismo tiempo, esté en gracia de Dios pueda recibir este misterio sagrado en una iglesia católica.
Cierto que, hoy por hoy, tal posibilidad no está contemplada en la legislación canónica. Pero eso no es ningún argumento en esta discusión, únicamente es la constatación de un hecho histórico. La misma tradición secular es solo la constatación de un hecho histórico, de una decisión de los pastores, no de una imposibilidad dogmática. Recordemos que hasta el Vaticano II hubiera sido impensable que un griego ortodoxo comulgase en una misa católica. Y hoy, bajo ciertas condiciones, eso está permitido por el Código de Derecho Canónico. Esa permisión actualmente contemplada en la legislación eclesial implica que no es necesaria de forma absoluta la comunión eclesial perfecta para la recepción de ese don. Basta una comunión de fe suficiente (aunque no sea perfecta) para recibir la Eucaristía.
El que luteranos, anglicanos, episcopalianos y tantos otros bautizados pudieran acercarse con fe, respeto y devoción a recibir este don yo lo vería como un paso positivo hacia la creación de una gran comunión eclesial de todos los bautizados, comunión todavía imperfecta, pero real. La permisión sería bueno que se extendiese a todo cristiano que esté en gracia de Dios y creyese en la presencia real de Cristo en la Eucaristía.
Cierto que considerar que uno está en gracia de Dios es una percepción subjetiva. Pero eso es así, tanto en el protestante, como en el católico. La fe en la presencia de Cristo en la Eucaristía sí que reviste la característica de un elemento más objetivo.
Todos debemos obedecer las prescripciones del Derecho de la Iglesia, puesto que han sido dadas con autoridad apostólica. Por tanto, yo no me considero exento a la obediencia a los sagrados cánones. Pero los teólogos y pastores podrían reflexionar acerca de lo benéfico que resultaría abrir esta posibilidad. Mi opinión es que no existe ningún problema dogmático en desatar lo que ahora está atado. Mantener la actual normativa se basaría solo en razones de conveniencia para la Iglesia. Pero considero que conceder el permiso general para acceder a este sacramento sería más beneficioso que los posibles perjuicios ocasionales. El perjuicio se reduciría a la recepción de alguien que no debería recibirlo. Pero, en general, comulgarán quienes creen y quienes se han hecho dignos de ese misterio sagrado.
El número de matrimonios mixtos entre un cónyuge protestante y otro católico de ningún modo va a disminuir en ningún país. Así que sería gozoso que llegara el día en nuestras misas tengamos de forma ordinaria a miembros presbiterianos, evangélicos o anglicanos que reciban la sagrada comunión de manos de ministros católicos.
Lo que los cánones ya hoy día permiten respecto a este campo, lo permiten porque hubo teólogos que trabajaron para que se diera un paso adelante. Esto no supone un triunfo del relativismo, sino la conciencia de que existe una comunión imperfecta pero real entre los cristianos de casi todas las denominaciones. El Cuerpo de Cristo hará efecto en el alma tanto de un presbiteriano, como de un baptista, lo mismo que en el alma de un católico. Son las disposiciones las que harán que en uno produzca más efecto espiritual.
Sé que los cánones hoy no lo permiten, pero la unción de los enfermos en un luterano hará efecto al igual que lo hará en un católico: es un efecto en el alma que se traduce en gracias. Pienso que la Iglesia podría permitir también la concesión de la unción de los enfermos a los cristianos (de cualquier denominación) que lo pidan. Si un seguidor de Cristo pide la acción de un misterio sagrado a la Iglesia Católica justo antes de morir, ¿qué ventajas tiene no concedérselo? Solo podríamos invocar el peligro de relativismo para los fieles católicos. ¿Pero entonces no deberíamos haber prohibido la comunión católica de los orientales ortodoxos? Y si prohibiéramos eso, ¿por qué no prohibir las vísperas conjuntas de un Papa (como Benedicto XVI) en la abadía anglicana de Westminster? Y si prohibiéramos eso, ¿por qué no prohibir también el rezar juntos de forma privada e individual? ¿No quedaría más claro lo malo que es el relativismo y lo bella que es la fe?
San Pablo, en un momento dado, consideró que eso era lo mejor. Y en ese momento, no lo dudo, fue lo más adecuado. Cualquier desviación al principio, hubiera podido generar, como ya he dicho antes, grandísimas distorsiones, una bola de nieve (bola de confusión) que cada vez se hubiera hecho más grande. Pero, hoy día, la razón nos indica que por el lado de la exclusión y la condena ya lo hemos intentado todo. Ahora queda intentar lo más que podamos el obrar por el lado del amor. Comprensión y acogida no es igual a relativismo. El párroco de cada parroquia (que es pastor en una fe) hará bien en abrir los brazos para recibir a todos. Ojalá que pronto pueda invitarles a que suban a la mesa donde está Cristo.
Hasta entonces, todos debemos obedecer la legislación de la Santa Madre Iglesia, porque los sucesores de los Apóstoles han atado lo que han visto bien atar. Y las cosas están atadas con una autoridad delegada que es la de Jesucristo. Pero la Iglesia es un espacio de libertad, y hasta yo, un humilde presbítero, puedo proponer y dar razones a favor de un cambio.